Es cierto también que la supuesta tía del portero era en realidad un tipo al que éste le debía no sólo unos pequeños favores, el gordo Cardona, un policía retirado que tenía en Las Flores una casa de juegos y necesitaba vender la propiedad que Paula y yo decidimos comprar aquella tarde de marzo.
Sin embargo la que tuvo la idea fue la mujer del portero, aunque pensándolo bien la madre Paula fue quien le comentó que estábamos incómodos en el departamento, que no había lugar para las visitas, bah..., inventos de la vieja que siempre quiso manejarnos la vida.
Y así podría seguir encontrando causas antecedentes hasta llegar a un Adán sin palabras, mudo, reflejado su rostro en un charquito, sin poder preguntarse ni siquiera quién carajos es.
Nos mudamos el siete de abril, “siete del cuatro” me dije, después me acordé de los consejos del abuelo y conté a los que estábamos en la habitación, “el Rony, Paula, el Bocha, Mario, la madre de Paula y yo, seis” dije casi susurrando mientras apuntaba con el pulgar izquierdo el techo y mantenía la mano derecha abierta, “seis” repetí y pensé que la vieja me traería mala suerte...además, pensé, seis seis seis, no era aconsejable, entonces me crucé a la agencia de la Pocha y le puse un pesito a la cabeza al cinco setenta y cuatro, y al otro día fui a cobrar los setecientos pesos argentinos, pero ya para entonces había perdido la alegría y la suerte, porque el espejo ya se había convertido en un rompecabezas imposible reflejando un mundo imposible despedazado en mil partes.
No sé quién nos regaló ese espejo de mierda. Espejo que por otra parte nunca usamos mientras vivimos en el departamento, en calle Italia, cuando todavía éramos felices. Ustedes dirán que mi relato es tendencioso, pero la verdad me parece que el espejo era de la abuela de Paulita y cuando la octogenaria murió, la madre de la que era mi esposa, decidió apropiárselo y regalarnos semejante baratija señalando así nuestro desdichado destino.
El bocha siempre fue un tipo cuidadoso, pero ese día se había puesto unos viejos zapatos negros con suela de goma y también ese día La Toti había encerado por última vez los pisos del departamento. Mario quiso llevar el espejo pero es demasiado petizo Mario, el Bocha entonces atacó el mobiliario embalado en papel de diario, una pilada que nos prestó Raymundo el verdulero, y no alcanzó a dar dos pasos que patinó con espejo y todo y no hubo caso, yo supe entonces que serían siete años, ni uno más ni uno menos, siete años de mala suerte, y pensar que fue un siete... un siete de abril de algún año que no quiero recordar, siete años atrás.
José, mi mejor amigo, me lo había dicho, José que no era el hijo de Jacob ni había abierto en su puta vida una Biblia, escuchó mi sueño y anunció que vendrían tiempos malos, pero José siempre anunciaba tiempos malos y yo todavía no sabía que iba a suceder lo del espejo y tampoco había leído la Biblia y me pareció ridículo que en mi sueño apareciesen vacas flacas, sí, y eran siete, siete también como aquel desgraciado día.
Pero eso fue la noche anterior y yo no sabía aún que meses después el Rony se iba a morir igual que el canario y el gato.
Entonces nos mudamos a pesar del espejo. Paula siempre se reía de mis supersticiones, de mi cuidadoso andar esquivando escaleras y columnas, de mi solemne respeto por los gatos negros y mi obsesión, heredada de mi padre, de acomodar la varilla de pan de manera que no quede nunca panza para abajo. Pero ese mismo día fui a la librería y compré una libretita de veinticuatro páginas, de diez por seis centímetros, anillada, y comencé a anotar, día por día, los sucesos que la mala suerte traería a nuestras vidas.
De más está decir que después de la muerte de las mascotas nuestra vida de pareja cambió completamente y algunos años más tarde nos separamos definitivamente. De más está decir que ya nunca más acerté un número en la lotería y que perdí el empleo y nos robaron el auto y no resultó ninguno de los negocios que hice posteriormente y después vino la hepatitis, la otitis, la artritis y otras “itis” que me dejaron sin fuerzas ni recursos de ninguna clase.
Mientras, yo lo registraba todo en la pequeña libreta y era mi único triunfo, mi secreto triunfo a pesar del espejo.
Los amigos se fueron, los parientes se alejaron, los compañeros de trabajo dejaron de serlo cuando Don Gómez me dijo: “ya no tenés nada que hacer acá pibe, perdoname pero sos yeta, y eso no se cura”, y me pagó la indemnización y hasta me regaló un mes, pero yo sabía que no era incurable.
Después vendimos la casa, dividimos las partes, yo puse todo en el banco y me mudé a la pensión, con esa platita más la indemnización y el mes de yapa que me regaló Don Gómez pude tirar durante estos últimos tres años.
Pero todo llega, todas las condenas se cumplen algún día, hasta las perpetuas.
Y así pasaron siete años desde aquel siete de abril siete años atrás. Las hojas de la libretita están un poco ajadas, yo estoy un poco más gordo y tengo algunas canas y en el rostro una indeleble expresión de cansancio, pero hoy el cielo está despejado, no lo sé, a mí el otoño siempre me pareció la mejor estación, son las tres de la tarde, el sol está calentando la ciudad, es mi primer día de suerte después de tanto tiempo, a veces me acuerdo de ese Adán sin palabras con su rostro reflejado en un charquito, a veces también me siento un poco como esos presos que son liberados después de cumplir la condena, y entonces me pregunto qué carajos voy a hacer con un día de suerte.
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