"Bastante ocupado estaba por el momento en llegar a ser, o ser lo más posible Adriano" (Marguerite Yourcenar, "Memorias de Adriano")

12.21.2006

Mi madre dice que las casualidades no existen. Yo, que alguna vez fui alumno en la Facultad de Humanidades y tuve que leer a Spinoza para aprobar un curso de filosofía moderna, comprendí que mi madre tenía razón.

Después vino la vida y volví a comprender una vez más no sólo que mi madre tenía razón sino que no hacía falta leer a Spinoza para llegar a comprobarlo. Pero eso fue después, mucho después, es decir cuando yo tuve la edad de mi madre, que para mí fue siempre la misma porque las madres no envejecen. Jóvenes pueden ser las solteras, como mi tía Ana que era dos años menor que mamá, ancianas son todas las abuelas del mundo y aún todas las ancianas del mundo parecen abuelas. Y eso es lo que creía y sigo creyendo, ahora que tengo la edad de mi madre y compruebo también algo que leí hace muchos años, lejanos años, algo que dijo Platón que dijo Heráclito: “panta rei”, “todo fluye” cacareó Teresa Perez Ordoñez, la profesora de Griego II, con su extraña voz de chicharra cibernética. Lo comprobé frente al espejo del baño una mañana invernal cuando descubrí, mientras me afeitaba, que la luz eléctrica se reflejaba potente y nítida en la calva que sobresalía entre unos pocos cabellos, sobrevivientes incólumnes de una guerra perdida. Una mancha blanca y brillante se imponía como una joven estrella a centímetros de la sien izquierda en mi cabeza. Entonces recordé a Platón y a Heráclito y a la profesora Pérez Ordóñez, y su voz de chicharra cibernética resonó todo el día en mi cabeza y comprendí que el tiempo había pasado y entonces el rostro de Horacio desembarcó junto a incontables carabelas del pasado en el despoblado continente de mi memoria.

Horacio es mi mejor amigo, y digo “es” aunque se haya muerto y se haya llevado toda su risa y sus secretos y esa forma sutil y torpe de andar entre los días como un equilibrista que en medio de una tormenta intenta abrir un paraguas imposible y está vestido siempre con un saco a cuadros marrón, blanco y negro de los años cincuenta.

¿Dónde andarás flaco? ¿Te encontraste con Lucía?, dicen que allá todo es posible. ¿Y el gordo Heredia, se casó otra vez?, mandale saludos de mi parte, decile que Roberto está bien, que también lo extraña.”

Roberto niega el paso del tiempo abstraído en un ajedrez eterno, mientras toma café en el Ulises, el bar de Callao y Córdoba. En los tableros de Roberto, en sus partidas las casualidades no existen. Mi madre que quiere muchísimo a ese chico de cincuenta y dos años y que no sabe ni siquiera cómo se mueven los peones piensa que la vida se parece a las partidas de Roberto. Mientras, enciendo el primero de la mañana y miro cómo se enciende el mundo en las ventanas del Ulises, mundo inquieto, tic-tac tic-tac incansable, panta rei, mundo arrastrándose como una oruga torpe y ciega, mientras... entonces después del primer sorbo de este expresso que me devuelve a la vida, mientras, me pregunto quién está moviendo las piezas, porque hay días que se siente como un jaque mate palpitando a centímetros de la sien izquierda de mi cabeza justo donde la luz se posó una mañana de invierno y descubrí que me había quedado pelado.

Mi madre dice que las casualidades no existen, lo mismo dijo Raquel el día que supimos que Horacio se había pegado un tiro. Ese fue el peor día de mi vida. No lloré. Me tragué el corazón como un pedazo de plomo que se alojó en mi estómago durante muchos años. Me fui a caminar solo, me senté en los bancos de muchas plazas, fumé muchos cigarrillos y entonces me olvidé que Horacio había muerto y lo fui a buscar al Ulises y lo esperé, y aún después de tomar plena conciencia de lo acontecido lo esperé, lo esperé durante muchos años.

A veces me parece que el tiempo pasó demasiado rápido. O tal vez nosotros vivíamos demasiado lento o dejábamos que el tiempo pasara, postergando así la vida para siempre. Demasiado seguros de que mañana seguiríamos siendo jóvenes, demasiado seguros de mañana. No lo sé. Después de todo, si tuviese otra oportunidad, estoy seguro que volvería a gastar mi vida en el Ulises tomando café y compartiendo cada minuto con los muchachos.

Mi madre siempre lo dice..., una y otra vez lo repite dándose aires de pitonisa. Ayer cerraron el Ulises. Yo sé que no es simplemente casualidad.

1 comentarios:

Rosario Libros said...

saludos desde rosario