No iba a poder dormir durante días si seguía con el café. Esta era la sexta taza de la noche que se reflejaba negra en el líquido negro, cargado, cálido como la amistad. Pienso en el café y recuerdo tantas charlas... los viejos tiempos, los tiempos viejos como los recuerdos. Y mientras dejábamos de ser una promesa, nos comprometíamos, nos casábamos y la mar en coche, teníamos hijos, envejecíamos junto a los tiempos que se hacían viejos como los recuerdos y los albumes de fotos.
Y los viejos comenzaban a morirse, y los muertos se hacían parte del pasado, alguien transmutaba sus vidas en mitología. Y los hijos crecían y empezaban los malentendidos porque curiosamente tanto ellos como nosotros teníamos razón y así empiezan todas las guerras.
No iba a poder dormir durante días si seguía recordando, pero era inevitable, como el café. Esta era la séptima taza y la noche entonces se alargaba. Como cuando Ernesto y Julio venían a casa, los tiempos eran nuevos en esos tiempos y nosotros jóvenes como los viejos en otros tiempos, tiempos incomprensibles, lejanos, de otros siglos. Ernesto nos hablaba de sus mujeres y de la novela que nunca terminó de escribir. Julio ahorraba para comprar un Chevy, trabajaba en la ferretería de Don López, estaba enamorado de Laura, la menor de sus hijas. Yo estudiaba Derecho y trabajaba con el tío Martín, pero sólo quería viajar, conocer los amaneceres de todos los países.
Más tarde, Julio se compró el Chevy, viajamos a muchos lugares, vimos el amanecer muchas veces en muchos sitios distintos y siempre era igual, un día desperté en mi casa porque los perros como los gallos ladran a la misma hora y estaba amaneciendo en las ventanas de todas las casas del barrio y me di cuenta que la belleza era otra cosa, no estaba tan lejos. Julio siguió trabajando en la ferretería incluso después de que murió el viejo López, que murió justo cuando los tiempos para nosotros empezaban a dejar de ser nuevos y todavía no éramos viejos pero ya no éramos jóvenes, Laura se casó con el Ingeniero Laudens, Matías Laudens, un muchacho del centro, hijo del viejo Laudens, que también murió y también tenía una ferretería. Después yo fui profesor de Bernardo Laudens López, pero eso fue después, cuando los tiempos ya eran definitivamente viejos.
Ernesto se casó varias veces, tuvo tantos hijos que ya no recuerdo sus nombres. Yo conocí a Silvia una tarde de algún año de la década del setenta, cuando ya no estudiaba Derecho sino Historia. Vivimos en muchos lugares, otra vez busqué lejos mi destino como un Ulises de las Pampas, y también volví a encontrar mi sombra esperándome en el Café del barrio, donde las noches alguna vez también fueron largas.
Ayer corrigiendo exámenes me topé con ese apellido... Laudens López, y entonces recordé a Laura y a Julio y a Ernesto y al viejo López y a todos los fantasmas que poco a poco fueron surgiendo de los subsuelos de mi alma, y preparé café, y la noche convocó al tiempo viejo como los recuerdos y los albumes de fotos.
Julio sigue enamorado de la hija de Don López, que murió una tarde de otoño, pero hay cosas que no mueren, ni siquiera envejecen, son nuevas cada día como el amanecer que ahora irrumpe en las ventanas de todas las casas del barrio.
1 comentarios:
esto que escribiste me gusto muchisimo, la verdad es que lo lei varias veces y es muy bueno. No es un alago gratuito sino sincero. Me gusta como escribis.
Con respecto a lo que me dijiste sobre lo escribis, estoy de acuerdo. Cuando lo publique me di cuenta que habia partes en que no habia como una continuacion de lo que iba narrando. DE todas maneras mi inclinacion hacia el texto periodistico es inevitable, esta en mi ser.
Bueno nos vemos pronto eso espero, voy a publicar el cuento que te dije, lo re escribi
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